lunes, 17 de marzo de 2008

EL BIEN DE LA CIUDAD

Celebramos cuatrocientos sesenta y seis años de la fundación de Guadalajara. Vale la pena celebrarlo con un breve inventario del estado que guardan los bienes citadinos. Los bienes son concretos y pueden palparse, percibirse y sobre todo disfrutarse. El bien más preciado de una ciudad es el lugar que ocupa. El lugar concreto de Guadalajara es privilegiado. Es fértil, es luminoso, es amplio pues sus límites naturales son amables. Tiene agua abundante del cielo y del subsuelo. Los cambios de estación son benignos y disfrutables. Las amenazas de la naturaleza han provocado sólo angustias breves. Todos los amaneceres, sin falta, podemos agradecer a la vida, vivir en este lugar.

Otro bien concreto de la ciudad es los habitantes. Los talentos, las obras y las empresas realizadas por los habitantes de esta ciudad son envidiables. Ese bien que surge de la capacidad de las personas para mejorar su lugar, para proveer mejor vida a sus semejantes y para realizar obras que perduren es palpable en nuestra ciudad: Edificios públicos, mercados, acueductos, universidades y escuelas, iglesias y templos, traza de la comunicación, obras memorables de hombres y mujeres distinguidos, empresas comerciales solidarias y (hasta hace unos años) equilibrada relación entre personas y naturaleza. Hoy no podemos quejarnos de que los predecesores no hicieron su tarea.

Un bien citadino es la cultura. Los bienes culturales son lo que la arena a la “mezcla” de los albañiles. Es lo que le da cohesión: mucha neutraliza al cemento y no se “pega”. Poca, la deja líquida y se escurre. En su justa cantidad le da adherencia para que el cemento haga su tarea de hacer una sola pieza de las varias que une. Los bienes culturales de la ciudad y sus habitantes: escrituras en todos los géneros, tradiciones, leyendas, expresiones artísticas, historias, manjares, costumbres, ritos y mitos le dan una justa densidad al colectivo humano que aquí vivimos. No somos Atenas, tampoco pueblo bárbaro. Quizá, la mirada tapatía ve más el ombligo y menos al mundo abierto allende la ciudad, pero nuestra cultura hoy es más universal.

¿Es verdad tanta belleza? Sí, es verdad. ¿Entonces, dónde está? Sucede que está dispersa. Si fueran las viandas de una comida nuestros bienes estarían desordenados, encimados, revueltos, incluso en el suelo derramados, incomibles. Los bienes no faltan en Guadalajara. ¿Y nosotros? Nosotros estamos aquí. Desconcertados cual comensales en arrebato por los restos disponibles. Celebremos, sí. Concertándonos para hacer posible que todos disfruten los bienes y contribuyan a engrandecerlos.

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