domingo, 9 de marzo de 2008

VALORES, ESTILO IGNACIANO Y UNIVERSIDAD

Síntesis: Se trata de presentar una reflexión sobre los modos de articular las preocupaciones sobre la educación en valores en la universidad especialmente en aquella que se inspira en las ideas ignacianas.

B. Lonergan.

“Mi tema es el significado y a primera vista parece un asunto muy secundario. Lo que cuenta es la realidad. Lo que es de mayor importancia no es el mero significado, sino la realidad significada. Esta pretensión es ciertamente correcta, ciertamente verdadera, pero pienso que implica una intelección incorrecta, ya que no mira al hecho de que la realidad humana, la misma esencia de la vida humana no es solamente significada, sino que en gran medida está constituida a través de actos de significación.”[1]

Es difícil encontrar hoy quien no este de acuerdo en la urgencia de vitalizar la educación en los valores, tanto en la escuela básica, en la familia y desde luego en la universidad. Igual de difícil es encontrar a quienes se pongan de acuerdo en dos cuestiones relacionadas: ¿Por cuáles razones es urgente tal educación? Y, ¿mediante cuáles medios se puede realizar?

Veamos las razones.

La razón genérica que se aduce para educar en los valores es que muchas de las calamidades de hoy (la corrupción, el consumismo, el individualismo, los vicios) dependen de que “ya no hay valores, de que ya no hay moral”, de que se ha abandonado el mundo y la moral del respeto a la ley, las normas y la vida. Esta razón supone que eso que se ha abandonado funcionaría hoy. Sin embargo, parece que las calamidades de hoy provienen de que ante ciertos problemas de la modernidad última aquellas normas y aquella moral ya no responden, es decir sus prescripciones, aun si se aplican, resolverían las dificultades en las que muchos hombres y mujeres viven hoy. Esta primera razón no es un buen fundamento para preocuparse por los valores.

De ahí que aparezca otra razón. Esta nos habla de la “crisis de la cultura”. Esta expresión tiene significados diversos. En general se puede hablar de crisis de cultura cuando la cultura no tiene las respuestas a las nuevas preguntas que surgen de la actividad humana. Por ejemplo, una pregunta muy actual es ¿Qué hacer ante el cambio global del clima, especialmente el incremento progresivo de la temperatura de la atmósfera del planeta tierra? Las respuestas disponibles son insatisfactorias, parciales o huidizas.[2] No se diga de otros asuntos más conflictivos para las personas y la sociedad tales como el terrorismo, aborto, el divorcio y la sexualidad. Por que se puede predicar que no se vale el divorcio. Y está bien, sin duda. La pregunta que no responde la cultura es: Ya me divorcie ¿y ahora qué? No se puede decir “condénate y apártate”. Esas respuestas poco satisfactorias son así porque cada una involucra de manera diferente la cuestión de los valores, al utilizar diferentes escalas para jerarquizarlos.

Veamos en la siguiente tabla las principales visiones y propuestas sobre la crisis de nuestra cultura, disponibles en la misma cultura.



Neo conservadores

Teórico críticos

Nuevos movimientos S.

Visión de la modernidad

Búsqueda de la libertad como rasgo predominante del hombre moderno.

Tensión entre humanización y mercantilismo.

Beneficio por encima de solidaridad.

Productivismo, militarismo y patriarcalismo.

Ética puritana, productividad, competitividad.

Lógica Socio - Cultural dominante

La dinámica cultural sobre la económica y la política

Funcionalismo instrumental.

Desarrollo funcional – instrumental y agresivo – posesivo.

Valores de la cultura moderna

Individualismo, narcisismo, hombre egocéntrico

Tener, poseer, producir y consumir. Sin responsabilidad social.

Materialistas. Las cosas y las relaciones cosificadas.

Diagnóstico

La crisis es fruto del desgarramiento entre los límites al deseo y la libertad política y económica.

Prevalencia del desarrollo cuantitativo; lo técnico, lo material, lo comercial.

Están “enfermos” los elementos orientadores de la vida social e individual.

Terapia / Salida

Encauzar valores, normas y horizonte de sentido a la congruencia con el capitalismo democrático.

Resistencia a la invasión de lo político administrativo. Y desarrollo del espíritu crítico.

Detener el desarrollo expoliador. La comunidad y la cultura como realización de la unidad y la diversidad humanas.

Basado en Mardones, J.M.. “Hacia una cultura de la solidaridad”

Como se observa las diferentes salidas tienen problemas. Nos llevan a cerrar los ojos ante alguna de distintas situaciones inaceptables. Fundamentalismo la más divulgada. Aceptar el pensamiento único pragmatista, o los relativismos; Apostar al hedonismo o al utilitarismo. Regresar a etapas anteriores al aceptar utopías ya canceladas por al realidad como el comunitarismo. Así ¿hay otra posibilidad?

Si aceptamos que una crisis cultural implica la falta de respuestas a las preguntas que plantea la vida cotidiana no hay otro camino lógico que buscar, generar nuevas respuestas, renovar la cultura. Evidente que esa tarea no es de uno o de pocos, sino de la humanidad toda que enfrenta el desafío de buscar nuevos fundamentos o al menos nuevas miradas sobre el hombre de hoy para atender los dolores que hoy lo aquejan.

¿Cuál es la tarea? Cuatro elementos.

Uno. La crisis de nuestra cultura es moral. Se ha borrado en muchos órdenes de la vida concreta la claridad sobre lo correcto y lo incorrecto. No hay orientación cierta a seguir. Al constatar que las normas no se viven con sólo declararlas el hombre, sobre todo el hombre social de hoy, abandono las normas y las ha sustituido por un relativismo individualista a veces estético (lo me gusta es lo correcto) a veces técnico – científico (lo que dice la ciencia o la tecnología), a veces, por último, esotérico y mágico (lo que diga el gurú)

Por tanto renovar la cultura tiene enfrente la tarea de renovar la moral. “Toda sociedad, aun la más plural y tolerante necesita una “ética mínima” en la que pueda encontrarse la mayoría y que deje muy claro que hay conductas que no se pueden justificar.” La ética de mínimos pedida, y trabajada hoy, por muchos pensadores. Por ejemplo, recuperar “los hábitos del corazón” de que habla Adela Cortina.

Dos. La crisis de la cultura es de un vacío religioso. Este vacío ha borrado la distinción entre lo sagrado y lo profano. “En nuestra sociedad ya nada tiene el carácter de Absoluto (...) Ya no preparamos la venida del Único y Absoluto, judeocristiano o no, sino que entramos en la nada que vuelve a sembrar las mil y una advocaciones.”[3] Muestras de esto son: asociar capitalismo y (un cierto) cristianismo, fundamentalismo, y el reflujo al pasado, rechazo de la modernidad y una vuelta acrítica a la tradición. No menos notable es el esoterismo con el misterio, la milagrería y la sensiblería para sustituir la insatisfacción de quien no encuentra la espiritualidad que busca.

Al fin, lo dicho: una crisis cultural es una crisis de significado, de ese que constituye la realidad, pues la crisis espiritual implica la pérdida del sentido de la vida.

Tres. La crisis es sistémica. Pone en riesgo la funcionalidad de la sociedad misma. La autopoiesis del sistema está a punto de quiebre. La capacidad de organizar está rebasada por el descontrol y las disfuncionalidades. Se trata de renovar, entonces, “todo el estilo de vida y de pensamiento, de deseos y de visión de la realidad... ” Las instituciones (familia, escuela, religión, educación, el arte) que dan sentido a la vida están necesitadas de otra gramática para adaptarse a las nuevas y cambiantes e inciertas características de la crisis. Nueva configuración desde la cotidianidad hasta la ética.

Cuatro. Crisis de civilización. Un estilo de vida forjado a lo largo de más de doscientos años toca a su fin. Los órganos vitales de la civilización están afectados fatalmente.

Frente a este hecho visible en cada vez más ámbitos de la vida y en cada fracaso de las soluciones planteadas a los problemas, tercos que no se resuelven, no existe otra alternativa que cambiar la lógica de la racionalidad con la cual se ha configurado está civilización y aceptar que, para empezar, no tenemos a la mano esa lógica.

Sólo algunas ideas para empezar. Éstos son más oposición a los supuestos del actual sistema que otra cosa. Se trata en principio de una nueva civilización del compartir, de la aceptación del otro, del diálogo, de la inter‑subjetividad.

La profundidad de la crisis no permite predicciones: ni Apocalipsis ni paraísos. Se trata ante todo de una tarea de re encuentro con la centralidad de la persona y sus consecuencias. La modernidad ha engrandecido a la persona y eso no puede despreciarse. El tema es la pauperización de las condiciones para la mayoría y las dificultades prácticas para asegurar una vida saludable y llevadera para todos los humanos,

Es preciso, para empezar, el diálogo crítico con la modernidad para enfrentar el futuro y no para regresar al pasado. No es cuestión de criticar la tradición sino de innovar el presente con base en lo posible, en la esperanza. Los desafíos de la crisis piden un nuevo fundamento de nuestra esperanza cristiana, no un regreso a la edad media.

Hoy sabemos que los espejismos del desarrollo y el crecimiento material no llevará progreso a todos. Al contrario, el desarrollo es cada vez más injusto y desigual. De ahí la importancia de compartir. El pueblo pobre lo sabe y sabe cómo hacerlo. Hoy nos toca aprender del pobre y revitalizar la posibilidad de cooperar, de dar sin recibir, de comunicarnos con los demás. Se trata de hacernos responsables de la situación del otro. En cristiano a hacernos prójimo de los demás. Y si bien es necesario reflexionar ye infundir la novedad de la solidaridad en la conciencia moral es igualmente necesario renovar la praxis humana, para hacernos testigos de esa solidaridad.

El nuevo proyecto cultural se trata menos de rechazar la eficiencia y la productividad y más de recuperar otras dimensiones de la realidad, o dicho con Lonergan, del significado constitutivo de la realidad, tales como la gratuidad, la amistad, la profundidad interior, la solidaridad, desde un nuevo horizonte de la acción humana.

La tarea es titánica. No podemos sino empezar y reconocer las dificultades. Empezar con el horizonte de la solidaridad, o responsabilidad social si se quiere, y con un nuevo horizonte de esperanza: El compromiso con lo posible. Por ejemplo: educar al ser humano moderno para ver y mirar al prójimo como hermano; y en las consecuencias prácticas de esa mirada.

No se trata de una mera expresión moral o moralizante. Es la búsqueda de un nuevo significado donde el problema del otro está en el centro.

En esta tarea ayudará, ciertamente, la pedagogía ignaciana, el estilo o inspiración de Ignacio tan propio de nuestras instituciones y nuestra reflexión. Véase las siguientes expresiones del P. General de la Compañía de Jesús.

El nuevo humanismo cristiano “Es un humanismo, una sensibilidad humana que debe lograrse de nuevo dentro de las demandas de nuestro tiempo y como resultado de una educación cuyo ideal está influido por los grandes mandamientos: Amar a Dios y al prójimo.”[4]

Y ese logro puede darse desde la experiencia de Ignacio: “Porque la pedagogía de Ignacio se centra en la formación de toda la persona, corazón, inteligencia y voluntad, no sólo en el entendimiento; desafía a los alumnos a discernir el sentido de lo que estudian por medio de la reflexión, en lugar de una memoria rutinaria; anima a adaptarse, y eso exige apertura para el crecimiento en todos nosotros. Exige que respetemos las capacidades de los alumnos en los diferentes niveles de su desarrollo; y todo el proceso está fomentado por un ambiente escolar de consideración, respeto y confianza, donde la persona puede con toda honradez enfrentarse a la decisión, a veces dolorosa, de ser humano con y para los demás.”[5]

Esta propuesta en ese contexto del mundo actual con la cultura en crisis pide hacer hincapié en la formación de la capacidad crítica, de la sensibilidad por los demás y de la aceptación de la incertidumbre. Y lo pide del profesor y de los alumnos. Hoy el profesor puede serlo si es testigo, porque el alumno tendrá confianza en el testigo que es el profesor.

Por eso la pedagogía ignaciana no es un método para enseñar valores. No es un método para convertir a la religión a los alumnos. Nada de eso. La inspiración de Ignacio pone en el centro a la persona y le pide enfrentarse a sí misma, por que es la única manera de formarse en el amor al prójimo, la única manera de resolver la interpelación del otro y la única manera de aceptar la propia actitud ante el mundo. No es garantía de un resultado sino un camino para plantearse las preguntas y sólo las preguntas que ayudan a resolver el tema. Y en nuestro caso a formular nuevo significado de la crisis cultural, con el cual puedo renovar los valores necesarios para contribuir a la tarea de hacer un nuevo mundo.

Veamos un poco atrás.

Juan Bazdresch, filósofo escribió:

“Sócrates descubre que conocerse a sí mismo implica conocer y afirmar ciertas verdades, no cualesquiera. (...) Sócrates descubre, además, que no cualquier persona está capacitada para guiar a los hombres en el afanoso proceso de dar a luz las afirmaciones sobre sí mismo. ... Sócrates descubre el camino real para alcanzar el conocimiento de sí mismo: examinarse, preguntarse por el propio ser y las propias operaciones. Sócrates descubre y patentiza la reflexión del sujeto. No se trata de aprender verdades “objetivas”. Se trata de captarse a sí mismo enfrentado a esas verdades. ... “Quién soy yo y qué es la realidad en la que me muevo”. (...) Y, paradójicamente, Sócrates descubre también que este conocerse a sí mismo –que tiene sus problemas específicos, que requiere de maestros cualificados, que exige el arduo trabajo de la reflexión y que implica exponerse a la muerte por escoger la verdad en vez de la apariencia- puede ser enseñado en el foro a todo ciudadano que esté dispuesto a proponerse esas preguntas”.[6]

La propuesta socrática, obviamente, tiene sus supuestos. Desde luego se refiere a la tarea humana por excelencia: Conocerse a sí mismo; lo cual podría ubicarse muy lejos de un proceso educativo o formativo. Sin embargo Sócrates supone la necesidad de un guía, un "maestro cualificado", otra persona formada y no cualquiera, para ayudar a quien se enfrenta a “Quién soy yo y qué es la realidad en la que me muevo”. Este supuesto reúne la tarea humana y la educacional. La pregunta cae por su peso: ¿Cuáles serán esas cualidades del maestro? El texto no da pistas.

La cita socrática de arriba da cuenta de otro supuesto: conocerse a sí mismo puede ser enseñado a todo aquel dispuesto a proponerse las preguntas trascendentales. Establece quien puede aprender pero... ¿cómo puede ser enseñado? Sócrates propone un camino para el aprendiz: "examinarse, preguntarse por el propio ser y las propias operaciones" y un enfoque: "No se trata de aprender verdades “objetivas”. Se trata de captarse a sí mismo enfrentado a esas verdades". Y, ¿para el enseñante? Aparte de definir al maestro como "guía", nada.

He aquí el problema antropológico: ¿Cuáles son las características, propias del ser humano que lo constituyen en maestro cualificado para guiar a otro en su búsqueda? De otro modo: ¿Bajo que supuestos o antropológicos podemos afirmar la posibilidad de que un ser humano guíe a otro ser humano en su tarea de "examinarse, preguntarse por el propio ser y las propias operaciones?” Mejor: ¿cuáles son las características del proceso de “examinarse, preguntarse por el propio ser y las propias operaciones” que exigen la asistencia de un maestro cualificado con caracteres pertinentes al proceso de aprender?

En cualquier caso la compañía del adulto, o del otro en general, pide ser especificada en su materialidad. ¿Cuáles son las prácticas revisoras, cuáles las de facilitación, cuáles las de corrección? ¿Qué las constituye en tales: una forma, una norma, una(s) características? ¿Cuál es el criterio de eficacia? ¿Cuáles han de ser las características de la comunicación intersubjetiva (aprendiente - acompañante) a fin de evitar la distorsión que convierta a la comunicación en un fin y lo diluya como medio de acompañamiento crítico? ¿Se trata, a la manera primera, de una transmisión cultural, o hay algo más y en qué consiste?

Estas son las preguntas que la pedagogía ignaciana no responde, es más, son las que plantea a todo aquel que quiera ser profesor para formar una persona capaz de enfrentar su cultura. Dicho de otro modo son las respuestas que constituyen en testigo al profesor que quiere enseñar cómo enfrentar la propia persona desde cómo enfrentó él su propia persona.

Y ¿qué la universidad?

La universidad tiene por nombre el lugar de la constitución (producción, reproducción, significación, resignificación) de la comunidad cultural.

Las coordenadas arriba esbozadas obviamente afectan a la universidad. Los fines de la educación se cuestionan y se debaten entre el pragmatismo y la ciencia. Educar para arribar a la vida productiva. O no educar porque no hace falta ante el nuevo valor del pragmatismo. O educar para el pensamiento.

Y tales alternativas cuestionan también el ser de la educación. Tanto los educadores y los educandos saben, si no por otra cosa, por experiencia personal que la educación supone, al menos hasta ahora, una prescripción y una normatividad. Obtener un grado, "pasar de año", implica cumplimiento de normas, muchas veces severas, y tránsito por un proceso prescrito como el correcto para llegar a "ser educado".

Es necesario volver a darle significado al propósito educativo: un individuo preparado para vivir de cierto modo y responder al mundo de determinada manera; por tanto, iniciado en cierta clase de habilidades y conocimientos necesarios para lograr ese objetivo; y unos medios para conseguir ese hombre educado.

Y si lo que termina con la modernidad es la razón técnica, lo que termina en la educación moderna es la idea de que la educación es un proceso técnico; la ilusión de que mediante determinado conjunto de prescripciones se puede llegar, inevitablemente, a determinado conjunto de objetivos. Al fin de la razón instrumental se recupera el carácter intencional de la educación. Se trata de recuperar la capacidad humana, muy humana, de significar y valorar el mundo que le rodea desde la propia experiencia. De plantearse las preguntas socráticas.

Literariamente podemos decir con Umberto Eco: se quema la biblioteca y se queman los libros; desaparece el laberinto y los excesos homicidas de los guardianes de la verdad a ultranza; sin embargo, permanece el animo inquisitivo del investigador, ahora en un nuevo contexto. Reducida a cenizas la sede del saber, perdida la acumulación de cientos de años de enseñanzas ¿)Qué queda? )¿Adónde voltear?. El espejo implacable no nos deja alternativa: sólo tu imagen te dará respuesta. Estamos ante la exigencia de nuevos significados y valores, a partir de nuestra propia imagen descarnada, presente y habitada irremediablemente de curiosidad insaciable acerca de sí, del mundo y de los demás.

Este renacimiento exige, pues, una nueva constitución de significados. Al desaparecer las formas prescriptivas vigentes en la modernidad, pareciera que los fines que les dieron sentido a las prescripciones de la Universidad también desaparecen.

Educación, acción intencional de todos los tiempos pide resignificarse frente al hombre y su poderosa arma de la reflexión y el pensamiento. Educar para pensar; educar pensando; educar para descubrirse hombre en sí y en los demás. Solamente la vista del hombre provoca el deseo de observar e investigar los grandes problemas humanos; el interés en los asuntos eternos de la fugacidad de la vida, de la excelencia del hombre incapaz ante la muerte; de la comunidad y su tensión con el individuo. Del amor, cuya operación y sólo ella, que nos hace humanos y sólo posible en la comunidad.

El estudio del hombre, resiginificado en el nuevo contexto le da renovados fines a la educación: hombres capaces para adaptarse maduramente a nuevas experiencias; con pensamiento crítico y habilidades intelectuales para estructurar las nuevas experiencias; con independencia de mente, libre de falsas limitaciones, capaz de ordenar la propia vida; motivado para el liderazgo y el servicio de los semejantes; constructor - colaborador en la sociedad de relaciones de justicia y equidad, respeto a los derechos ajenos y amistad.

El estudio del hombre y los fines de la educación piden como medios privilegiados: el lenguaje medio indispensable en el cual nos movemos y respiramos; la historia, que constituye la memoria del grupo que hace posible el lazo común; y la crítica filosófica mediante la cual el hombre reflexiona sobre sí mismo para modificar las condiciones de su existencia.



[1] Lonergan, Bernard. (1967) “Dimensions of Meaning” en Collections I p. 252 Herder and Herder.

[2] Nos damos cuenta ya de que hablar de “crisis cultural” equivale a plantearse las cuestiones de los valores y normas sociales, del entramado significativo y de sentido al que recurre una colectividad para orientar y dar sentido – valga la redundancia – a la vida en común e incluso a la vida personal” Mardones (1994)

[3] Mardones, J.M. 1994, “Hacia una cultura de la solidaridad”, p 29 Sal Terrae. Cantabria.

[4] Kolvenbach, Hans P. s/f La pedagogía Ignaciana Hoy, p. 5

[5] Kolvenbach, Hans P. s/f La pedagogía Ignaciana Hoy, p. 8

[6] Bazdresch P., Juan E. “Cómo, para qué, por qué piensa el alumno de la UIA”. Umbral XXI, N. 9, Verano 1992, UIA.

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