MIGUEL BAZDRESCH PARADA
Febrero 27, 2008
En forma de pregunta la cuestión es ¿De verdad tiene algún valor para los educandos lo que les proponemos que aprendan? ¿Y cuál es ese valor? ¿Y cuál es en esencia ese aprendizaje?
Con frecuencia y facilidad nos preguntamos por la enseñanza. Por ejemplo, si la hacemos bien, si la podemos mejorar, si necesitamos actualizarnos o cambiar hábitos y costumbres en el aula o aun si conviene cambiar el programa de contenidos. También con frecuencia nos preocupamos por el aprendizaje de los alumnos. ¿Tienen las bases para aprender matemáticas? ¿Ya dominan la lectura de comprensión? ¿Tienen ayudas suficientes en casa? ¿No les estorba la televisión? ¿Qué hacemos con fulanito que va a reprobar? ¿O que hacer con zutano que no sabe ni la o por lo redondo? Nos preocupa y ocupa de verdad tanto la enseñanza como el aprendizaje. Sin embargo, muy pocas veces nos preguntamos por el valor de lo que proponemos a niños y jóvenes para que lo aprendan.
¿Nos hemos preguntado si vale la pena aprender de héroes muertos y derrotados, de víctimas y de mitos? ¿De verdad vale la pena aprender de ideologías memorables que son hoy objetos de museo? ¿Estamos convencidos del valor de aprender lo que nos propone nuestra constitución mexicana?
El tiempo de educarse es un tiempo crucial. Lo que se aprende en la escuela básica no puede ser inútil. ¿Nos hemos preguntado a fondo si lo que se aprende en nuestras escuelas es de provecho para niños y jóvenes? No me refiero a lo que pensamos DEBE aprender un niño o un joven. Me refiero a si estamos conscientes de lo que vale eso que defendemos que DEBE. Es decir, me refiero a si podemos dar cuenta de lo que vale y porqué vale eso, nuestra propuesta de aprender.
Nos quejamos, por ejemplo, de la maldad de la televisión y los “malos” efectos que suscita en nuestros alumnos, pero me pregunto… ¿no será que no sabemos cómo atrapar el interés de niños y jóvenes aburridos de repetir lecciones o de llenar espacios vacíos en el libro de texto, sea de historia, de geografía, de números y letras? Números, letras, historias que se convierten en amenazantes vehículos de regaños y malestar. ¿De verdad en nosotros mismos, maestros y educadores, estamos convencidos que nuestras propuestas de aprender son instrumentos de libertad, de vida digna y respetable? Me pregunto otra vez… ¿No será que ya estamos cansados de insistir en un conocimiento que no nos hemos dado cuenta de su impertinencia o de su inutilidad o de su valor desgastado y efímero? ¿No será que preferimos la complicidad pasiva con los aprendizajes que nos proponen los programas a la lucha que implica el compromiso de pensar permanentemente en el sentido de lo que vale la pena aprender hoy?
En los días que corren la autoridad del profesor, de los padres /madres de familia y de los educadores en general no se logra con tener el titulo formal. Y sucede algo parecido con lo que nos preocupa que aprendan. Los niños y los jóvenes cuestionan todo aquello que no los convence y les llega al corazón. Y les llega al corazón y al cerebro lo que hacemos no lo que decimos. Hoy hemos de mostrar que somos ciudadanos activos en nuestra comunidad para que el joven de verdad se interese en aprender a ser ciudadano participante en este país que tanto lo requiere. No bastan ya las lecciones de civismo. Hemos de demostrar con hechos nuestras competencias para la vida si queremos que los alumnos aprendan la tolerancia, el respeto, el valor de la inclusión y la escucha. Hemos de demostrar con hechos la utilidad y significado de la participación social para atender y resolver pobreza, carencias y violencia de nuestra sociedad, si queremos a jóvenes y niños entusiasmados en aprender historia, ciencias sociales y humanidades que son nuestros recursos humanos para resolver nuestras calamidades, por cierto también humanas.
¿Cómo puede un joven de escuela secundaria gustar de las ciencias naturales, de las matemáticas si los profesores no sabemos dar cuenta de su valor, más allá del imperativo “apréndete esto por que si no, no pasas? Claro que vale la pena aprender matemáticas. Sin embargo, esta verdad obvia para nosotros, no la podemos afirmar sin demostrarla con hechos, con actos emprendidos por nosotros mismos. ¿Los profesores de educación básica comprendemos los secretos de las matemáticas? ¿Usamos en nuestra vida cotidiana las ciencias, el razonamiento matemático, la lógica formal? ¿O les tenemos un aprecio reverencial y sólo las contemplamos como objetos de admiración? No podemos convencer a los alumnos del valor de aquello que queremos si no demostramos con hechos que para nosotros vale y vale mucho la pena.
Otro ejemplo: Los valores. Los valores no son contenidos, lo sabemos bien. Nadie aprende a ser tolerante con recitar o escribir en el cuaderno que la tolerancia es la virtud de respetar a los demás seres humanos independientemente de sus cualidades, ideas y circunstancias. Aprendemos a ser tolerantes una vez que experimentamos en nosotros el rechazo a un semejante por alguna razón de su físico, su olor, su color o por lo que dice y proclama que nos incomoda. Por eso aprendemos a ser tolerantes dominando nuestros rechazos y superando sus efectos emocionales para acercarnos al otro y conocerlo. Sólo así lo aceptaremos en sí mismo, más allá de nuestro gusto. Mostramos a los alumnos lo que vale la pena aprender porque lo valoramos con y en nuestras prácticas concretas. Vale la pena aprender lo que proponemos aprender porque los profesores lo valoramos y tratamos de practicarlo. Así sí tendremos autoridad para proponer a los alumnos que ellos también se arriesguen a vivir el proceso práctico que supone el aprendizaje de los valores.
Otro aspecto de lo que vale la pena aprender lo tenemos desde la política educativa mexicana. Por algunas buenas razones, que no es el caso explicar ahora, la política educativa manda medir los resultados de aprendizaje. Por eso las autoridades alientan y financian la construcción y aplicación de instrumentos de medición de los aprendizajes de niños y jóvenes. Estas evaluaciones de los aprendizajes tratan de poner en evidencia, de dar cuenta, de los aprendizajes de los alumnos. Sin lugar a dudas son mediciones valiosas, a pesar del mal uso que se hace de la información que se produce. La política educativa considera que vale la pena aprender lo que se propone en planes y programas de estudio. Vale tanto la pena aprender a leer que nos preocupamos por conocer mediante una medición qué tanto lo han aprendido los alumnos.
Esta política tan importante se desvirtúa, es decir pierde las cualidades que la hacen virtuosa, cuando se utiliza para hostigar a los maestros o a los alumnos. “Obtener buenos resultados en las pruebas” no vale la pena. Actuar para obtener “buena” evaluación es inútil porque estamos violentando las bases que le dan certeza a la medición. En otro aspecto de la vida social, nos molesta y nos enojamos cuando alguien trata de inducir el voto electoral de los ciudadanos hacia un cierto candidato. Lo denunciamos y objetamos. Pues igual atentamos contra el valor de lo que aprenden los alumnos cuando los profesores les ayudamos a pasar la prueba con artilugios o mañas para contestar mejor.
Es cierto y así lo comparto, que es muy molesto darnos cuenta que la medición de lo que aprendieron los alumnos mexicanos es poco o casi nada. Sobre todo sin son los nuestros. Y sin embargo, la lógica más sencilla me dice que la causa no es la política de medición, ni tampoco el instrumento de la misma. Está en otro lado. Precisamente en que no sabemos dar cuenta del valor de lo que proponemos sea aprendido. Quien concede valor a lo que propone y sabe qué valor es ese, puede enseñar que la operación cognoscitiva clave, ante una pregunta (sea del papá, de otro alumno, o de cualquier persona que lo interroga) acerca de su aprendizaje, es identificar con claridad “qué me preguntan”. No podemos responder sino comprendemos la pregunta, y menos, claro, sino damos valor a aprender a identificar “qué me preguntan”, y sobre todo si es causa de que lo que enseñamos no sabemos que valor tiene y consideramos que sólo sirve para que “se lo aprendan los alumnos” y ya.
Es cierto que las mediciones pueden mejorar. También que el uso público de resultados y datos es lamentable porque ha producido una imagen imaginaria de la realidad educativa del país. Y sin embargo, los educadores y los estudiantes tenemos que revisar a fondo qué vale la pena aprender, por qué vale la pena desgastar la vida en que niños y jóvenes aprendan lo que les enseñamos. Y así podamos comunicarlo a todos, a todos los vientos, a todas las personas y podamos medirlo sin temor o angustia. Porque lo que vale la pena aprender, vale la pena ser enseñado y luchar por que así sea.